Carne para la trituradora
No llegará a la primera muda. Sus plumas centellean en la palma de mi mano mientras agoniza. Vi cómo se levantaban las pequeñas hojas debajo del laurel, y al gato marcharse cuando se dio cuenta de que yo estaba ahí. Iba al huerto, a recoger unos calabacines que olvidé por la tarde después de regar. Decidí enterrarlo entre el romero y una dalia de la que me encapriché en el almacén de patatas del pueblo. Ya cayeron todas sus flores, aunque nuevos capullos se dejan ver y resisten estos días de calor. En el suelo demasiadas peras pequeñas, inmaduras todavía, se arremolinan en los surcos de las tomateras, se dejan apresar por los zarcillos de la calabaza que se empeña como cada verano en desbordar este fragmento de tierra. Un rojo brillante dentro del pluviómetro fulgura. Es una especie de escarabajo muy peludo, con cabeza y escutelo negros. También está muerto. Bocarriba, en el recipiente de plástico para cosechar las lluvias, aguarda tal vez a un pico en el cielo, una tormenta de verano o el mecanismo más preciso y fugaz para desaparecer. Más tarde aprenderé sobre ciclos y comportamiento: no vuela fácilmente, confía la supervivencia al color de sus élitros, advertencia de protección para escapar del apetito de sus depredadores.
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