Cada madrugada, mucho antes de que arranque el día en Santa Perpètua de Mogoda, en Delikatessen ya están en marcha. La jornada empieza a las tres de la madrugada con los hornos preparados para dar forma a todas las elaboraciones del día. Cuando se levanta la persiana, todo está preparado para recibir a la clientela con la misma cercanía, dedicación y mimo con los que este negocio familiar abrió sus puertas en 1999.
Hace más de 25 años, Yolanda López y su hermana, Susana decidieron dar el paso y abrir su propio negocio tras años trabajando en panaderías del municipio. Lo que nació como un pequeño establecimiento fue evolucionando poco a poco hasta convertirse en el negocio familiar que es hoy. “Nuestro lema es poder aprender para transmitirlo a los demás”, asegura Yolanda en conversación con La Vanguardia. “Lo más importante para nosotras es que la gente que venga sienta nuestro cariño”, añade.
Mantener un negocio familiar con 25 años de historia
Ahora, los hijos de Yolanda, Nuria y Gerard, también trabajan en la panadería. “Desde pequeña a Nuria le encantó la pastelería y siempre que podía jugaba. Intentaba quitárselo de la cabeza, pero al final acabó conmigo en el obrador”, explica.
Desde que abrieron las puertas de su negocio, siempre han intentado mejorar, y no han dejado de formarse para poder ofrecer las mejores elaboraciones a su clientela. Durante la pandemia en 2020, aprovecharon el tiempo que cerraron para formar a Susana en repostería. Hasta ese momento, contaban con 3 locales en los que trabajaban hasta 18 personas, pero tras el covid, decidieron concentrar toda la actividad en un único establecimiento donde ahora trabajan seis personas.
El mostrador de la panadería Delikatessen en Santa Perpètua de MogodaCEDIDALa organización del trabajo ha cambiado con el paso de los años, pero siempre priorizando la calidad y el bienestar del equipo. Mientras que antes la panadería permanecía abierta hasta las ocho de la tarde, hoy baja la persiana a las cuatro para evitar ampliar una plantilla que prefieren mantener reducida. En Delikatessen no existen horarios rígidos ni turnos milimetrados: la jornada termina cuando el trabajo está hecho.
Una forma de entender el oficio que, 25 años después, sigue demostrando que detrás de cada barra de pan y cada pieza de bollería hay mucho más que una receta: hay oficio, coordinación y pasión.
Cuando abrimos, el mostrador tiene que estar a reventar; si una bandeja se tiene que rellenar rápido
La actividad del obrador empieza mucho antes de que amanezca. El trabajo arranca entre las dos y las tres de la madrugada para poner en funcionamiento un engranaje perfectamente coordinado: las masas, preparadas el día anterior y fermentadas en frío, comienzan a hornearse para que, a las siete y media de la mañana, el mostrador luzca completamente lleno.
“Tiene que ser un espectáculo y tiene que estar a reventar, y cuando una bandeja se acaba, se rellena”, detalla. “Me gusta que seamos pocos porque es la única manera de hacer equipo. Confío mucho en ellos y siempre digo que se tiene que disfrutar de montar el mostrador”, añade.
Algunas de las elaboraciones de la panadería DelikatessenCEDIDAPor eso, buena parte de los productos que llegarán al mostrador ya se han decidido el día anterior. Sin embargo, no existen producciones estandarizadas ni catálogos inamovibles: cada jornada se planifica en función de las ideas, la temporada y la creatividad del equipo. Esa forma de trabajar hace que el mostrador nunca sea exactamente igual dos días seguidos y convierte cada visita en un pequeño descubrimiento.
“Si estipulamos que todo sea rígido, no lo disfruto. Y si no lo disfruto, cuando se lo coma el cliente lo va a notar”, confiesa. En este sentido, afirma que una de las claves del éxito es “meterle mucho cariño y alegría a la bollería, que es lo que te vas a llevar como cliente”.
No perdemos nuestro pilar, que es el producto artesano de siempre
En cuanto a su oferta, tartaletas de limón, donuts clásicos, de Kinder o de Oreo; croissant de pistacho y fresa, de cheesecake, con bacon y queso cheddar; además del clásico de mantequilla, cookies, palmeras o cinnamon rolls son algunos de los productos que se pueden encontrar en la vitrina de esta panadería catalana cada día. Para Yolanda, si hay una elaboración que resume la exigencia del oficio, es precisamente la del cruasán, aunque asegura que “es el producto que nunca pasa de moda”.
Pese a que muchas de sus elaboraciones cuentan con ingredientes diferentes e innovadores, Yolanda reivindica el valor de los clásicos. “Intentamos que todo el proceso sea lo más natural posible, que los huevos no sean pasteurizados, no nos gusta tener conservantes, y ese es nuestro lema”, asegura.
Bajo esta premisa, la filosofía del obrador se mantiene intacta: seguir elaborando pan y bollería de forma artesanal, respetando los sabores de siempre, pero sin dar la espalda a las nuevas tendencias. “No perdemos nuestro pilar, lo artesano, lo de antes, pero también girando un poco a la juventud de ahora”, explica. En sus vitrinas conviven así recetas clásicas, como las elaboradas con cabello de ángel, con propuestas más actuales, como las de pistacho.
Además, desde hace unos años, su mayor escaparate son las redes sociales, donde comparten cómo es el día a día del obrador con cerca de 300.000 seguidores. “Ahora mismo el 70% de la clientela es de fuera del pueblo”, confiesa. Aparte de gestionar su negocio, también imparten talleres para otros profesionales que quieren ampliar su conocimiento sobre repostería.
Si estipulamos unas elaboraciones rígidas, no lo disfruto. Y entonces, cuando se lo coma, el cliente lo va a notar
Esta propuesta ha encontrado su mejor aliado en las redes sociales, donde comparten cómo es el día a día del obrador con cerca de 300.000 seguidores. “Ahora mismo el 70% de la clientela es de fuera del pueblo”, confiesa Yolanda. Aparte de gestionar su negocio, también imparten talleres para otros profesionales que quieren ampliar su conocimiento sobre repostería.
Si algo define a Delikatessen más allá de sus productos es el ambiente familiar con el que afrontan cada jornada. Yolanda trabaja junto a su hermana y sus hijos y compartir el negocio con la familia ha sido “lo mejor” que le ha pasado. La convivencia diaria, asegura, funciona porque existe un profundo respeto entre todos: trabajan codo con codo durante horas y, al terminar la jornada, siguen compartiendo tiempo juntos, ya sea en una comida o incluso escapándose a la playa cuando el trabajo lo permite.
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