Pedro Sánchez, Pedrito, tal como se le conoce en el gremio, acaba de recibir el Premio Nacional de Gastronomía al Mejor Jefe de Cocina, uniéndose así a la nómina de galardonados a los que la Real Academia de Gastronomía reconoce este año, en la que aparecen nombres como el de la periodista Pilar Salas, el sumiller Mohamed Benabdallah o el maitre Casto Copete.
Con este galardón, la Real Academia de Gastronomía premia la trayectoria de un cocinero fuera de lo habitual. Excepcional por su solidez y regularidad culinaria, pero excepcional también -quizás sobre todo- en la firmeza de sus convicciones. El de Sánchez es el éxito de la constancia, del convencimiento y de la naturalidad, el triunfo del empeño en defender desde su provincia, Jaén, una cocina atípica, capaz de trazar su propio camino.
Con ese afán, Pedrito no logró solamente dar forma a un restaurante propio, un lugar , tras la basílica de San Ildefonso, que demuestra que no son precisas grandes inversiones, el apoyo de grupos empresariales o estructuras hipertrofiadas para desarrollar un trabajo capaz de marcar de manera definitiva el momento gastronómico de una ciudad. Con ello, también, dio el pistoletazo de salida a una evolución de Jaén como destino gastronómico tan poco previsible hace apenas una década como consolidada en la actualidad.
El chef de Jaén, nuevo premio Nacional de GastronomíaBagáLo sorprendente es que todo esto nace de un local de apenas 45 metros cuadrados entre cocina y sala, de una zona de trabajo exigua
Sin Bagá, sin ese diminuto rincón en la Reja de La Capilla, la provincia de Jaén no sería el destino gastronómico que hoy es. Sin este cocinero discreto, callado, amante del ciclismo y poco amigo del primer plano mediático, sin su falta de prejuicios, la trayectoria de toda una generación de cocineros más jóvenes de esa provincia habría encontrado, probablemente, un contexto muy diferente en el que desarrollarse. Pedrito Sánchez y su restaurante son clave para entender todo lo que ha pasado después, pioneros de ese fenómeno que ha llevado a un crecimiento exponencial de la alta restauración jienense.
Lo sorprendente es que todo esto nace de un local de apenas 45 metros cuadrados entre cocina y sala, de una zona de trabajo exigua, con una dotación no muy superior a la que cabría esperar en cualquier cocina doméstica y desde una posición que parece rehuir el primer plano. De ahí nace un ejercicio culinario intrigante por su sencillez, complejo en su esencialidad, radical en ocasiones sin resultar nunca obvio. Sánchez cocina platos que suscitan la sorpresa en el comensal y da forma, en el proceso, a un código propio, que no mira a los lados y se hace fuerte en la contención del gesto. En palabras del jurado del Premio Nacional “ha sido capaz de crear un lenguaje único, de hacer una cocina absolutamente memorable”.
Cocina platos que suscitan la sorpresa en el comensal y da forma, en el proceso, a un código propio, que no mira a los lados y se hace fuerte en la contención del gesto
Esta capacidad de cuestionar las certezas, de encontrar enfoques inéditos en un mundo en el que todo parece explorado, se materializa en propuestas como el alga nori a la meuniere, esencial y desconcertante, en la piel de pollo con pilpil de bacalao, en las quisquillas con escabeche de perdiz o en su tocino y pétalo de rosa, un plato capaz de conciliar aparentes opuestos convertido ya en parte de la historia de la cocina andaluza. Dos elementos, no mucho más, son suficientes para que los platos de este cocinero brillen con la capacidad de grabarse en la memoria del comensal.
No hay artificio ni impostación en su discurso. Pedrito da la sensación de cocinar por instinto, por intuición, basándose en su entorno y en su memoria, pero cuestionando al mismo tiempo las referencias, esquivando lo obvio y las ideas heredadas.
La suya es una cocina jienense en la que cabe un mundo, un ejercicio gastronómico que venera el producto local, pero que no se cierra; una labor de duda y de exploración; de una naturalidad casi ingenua que deslumbra por su naturalidad.
La de Sánchez, la de Bagá, es una cocina que se resiste a los calificativos, pese a los intentos que tantos hemos hecho en estos últimos años. Es un ejercicio de independencia culinaria, de humildad en un mundo que tiende con cierta frecuencia a la pompa. Y por eso este premio es un reconocimiento para el cocinero, un éxito para su entorno, la confirmación de que es posible una cocina tan sólida como imprevisible. Y para nosotros, para todos los demás, es una estupenda noticia.
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