Desayunar a las siete entre semana y a las diez el sábado, retrasar la comida o cenar varias horas más tarde cuando no hay que trabajar puede parecer una variación sin demasiada importancia. Sin embargo, repetir ese cambio cada semana podría generar una especie de desfase horario sin necesidad de coger un avión.
Es lo que los investigadores denominan “eating jetlag” o jet lag alimentario. Un estudio publicado en Communications Medicine ha seguido a 104.806 adultos franceses durante una mediana de 8,1 años y ha encontrado que una mayor irregularidad entre los horarios de comida de los días laborables y del fin de semana se relacionaba con más enfermedad cardiovascular, especialmente en los hombres.
No miraron solo a qué hora desayunaban o cenaban
Los investigadores utilizaron los registros dietéticos de la cohorte NutriNet-Santé, en los que los participantes anotaban qué comían y a qué hora. Cada persona completó de media 5,8 registros de 24 horas.
Los investigadores calcularon el punto medio entre la primera y la última ingesta del día para comparar cómo cambiaba el horario de alimentación entre semana y el fin de semana. iStockPara calcular el desfase no compararon una única comida. Primero determinaron el punto medio de la ventana diaria de alimentación, situado entre la primera y la última ingesta calórica, y después compararon ese punto entre los días laborables y los fines de semana.
Así, una persona podía adelantar su horario, retrasarlo o mantenerlo aproximadamente estable. Un cambio superior a una hora servía para clasificarla en los grupos de adelanto o retraso.
Durante el seguimiento se registraron 2.368 eventos cardiovasculares, entre ellos 1.270 episodios de enfermedad coronaria y 1.098 cerebrovasculares.
Cada hora adicional se relacionó con un 14% más de riesgo en hombres
La asociación más clara apareció al separar los resultados por sexo. Entre los hombres, cada hora adicional de jet lag alimentario se asoció con un 14% más de riesgo relativo de enfermedad cardiovascular y con aproximadamente un 20% más de enfermedad coronaria. La relación se mantuvo incluso en los modelos que tuvieron en cuenta la hora de acostarse, la duración del sueño y otros factores.

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El análisis por categorías aportó otro dato llamativo. Los hombres que adelantaban más de una hora sus horarios del fin de semana presentaron un 44% más de riesgo cardiovascular y un 68% más de enfermedad coronaria que quienes mantenían horarios similares.
Retrasarlos más de una hora no se relacionó significativamente con el conjunto de enfermedades cardiovasculares, pero sí con un 36% más de riesgo de enfermedad coronaria. No apareció una asociación clara con ictus y otros eventos cerebrovasculares.
Nuestro reloj biológico también recibe señales de las comidas
Una posible explicación está en los ritmos circadianos. La luz es la señal principal que sincroniza el reloj central del cerebro, pero la hora a la que comemos ayuda a poner en hora otros relojes del organismo, especialmente los presentes en órganos metabólicos.
La hora a la que comemos actúa como una señal para los ritmos circadianos y ayuda a sincronizar procesos metabólicos en distintos órganos. Getty ImagesSi durante cinco días el cuerpo recibe alimento siguiendo un determinado horario y durante los otros dos esa señal cambia varias horas, puede producirse cierta desincronización entre los ritmos de comportamiento y los procesos metabólicos.
Los autores apuntan a mecanismos relacionados con el control de la glucosa, la función mitocondrial y otros procesos cardiovasculares regulados de forma circadiana, aunque este estudio no midió directamente esos mecanismos.
La asociación tampoco parecía explicarse únicamente por comer peor durante el fin de semana: los modelos tuvieron en cuenta la calidad de la dieta, el consumo energético, el alcohol, el tabaquismo, la actividad física, el IMC y las horas habituales de primera y última comida.
Que aparezca en hombres no significa que las mujeres estén protegidas
El estudio no detectó asociaciones significativas entre jet lag alimentario y riesgo cardiovascular en mujeres. Sin embargo, hay una precaución importante: la interacción estadística entre sexo y la intensidad del desfase no fue significativa.

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Eso impide concluir que el efecto sea verdaderamente distinto por razones biológicas entre hombres y mujeres. Además, el 79% de la muestra eran mujeres, y los propios autores plantean varias posibles explicaciones relacionadas con diferencias hormonales, metabólicas y de estilo de vida.
También se observó que la curva de riesgo parecía estabilizarse alrededor de 1,5 horas de diferencia, aunque había pocos participantes con desfases muy grandes y los investigadores consideran este dato exploratorio.
El estudio encuentra una asociación, no demuestra que cambiar de hora enferme el corazón
Hay otra limitación fundamental. Se trata de una cohorte observacional: aunque se ajustaron numerosos factores, no puede demostrarse que modificar los horarios de comida sea la causa directa del aumento del riesgo.
Además, los investigadores asumieron que de lunes a viernes eran días laborables y sábado y domingo días libres, algo que evidentemente no se cumple para todo el mundo. La muestra tampoco representa perfectamente a la población francesa y no se pudo eliminar por completo la influencia del cronotipo, el estrés laboral o los propios horarios de sueño.
Por ahora, el trabajo no establece una hora exacta a la que haya que comer. Su mensaje es más sencillo: además de qué y cuánto comemos, mantener cierta regularidad en los horarios a lo largo de toda la semana podría ser otra pieza de la salud cardiovascular que merece estudiarse mejor.
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