Gastronomía

El fondo y la forma

El fondo y la forma
11/08/2026 06:00 15 15 0:000:000.5x0.8x1x1.2x1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Esta columna iba a titularse, inicialmente, El dedo y la luna, pero revisando el archivo me encuentro con que ya utilicé ese nombre para un texto de hace unos meses y pensé que eso no decía mucho de mi originalidad. Más tarde llegué a la conclusión de que si lo anterior puede ser cierto, quizás esa reincidencia hable al mismo tiempo de un cierto empecinamiento en el que hemos dado en los últimos tiempos.

Escribía entonces sobre la cuestión de la cocina doméstica y de cómo parecemos centrarnos más en criticar a quien señala, o incluso a quien navega, esa crisis que en buscar los elementos que la motivan. Hoy el tema es otro, pero los dos coinciden en ese empeño en atizarle al signo y obviar la causa, algo que está convirtiéndose en característico del momento que atravesamos.

Estas semanas nos ha dado por los influencers. En otoño llegarán los congresos y las guías y se nos pasará un poco, pero mientras tanto, ahí vamos todos, en marabunta, sin tener claro qué es un influencer, metiendo todo en un mismo saco con una brocha gorda que no sé si nos deja en un gran lugar. Influmierders, dijo alguien entre aplausos y retweets. Porque el nivel estaba bajo y había que subirlo, imagino.

Hay algo, en este sector, que me preocupa: la obsesión por lo que hacen los demás, por criticar el trabajo de otros, algo que a mí, aficionado al cine y a la música, sectores de los que leo bastante crítica, me parece exclusivo de este gremio tan dado, en ocasiones, a la gesticulación. Cuesta encontrar a críticos musicales quejándose por escrito de lo mal que lo hacen quienes escriben sobre malos conciertos o a escritores musicales que protesten porque alguien le presta atención a algo a lo que, según ellos, no debería prestársela.

Influencer filmando una hamburguesaInfluencer filmando una hamburguesaGetty Images

Aquí estamos nosotros, sin embargo, empeñados como si nos fuera la vida en ello. El sector atraviesa una crisis, es cierto, pero estoy convencido de que esta viene de antes y tiene causas más profundas. La crítica gastronómica ya no existe, se dice, pero al margen de que discrepo de esa afirmación, quizás deberíamos buscar las causas de esa sensación; tal vez habría que hablar de cuándo se originó la crítica, de cuál era el contexto y qué ha cambiado desde entonces.

Puede que eso nos llevase a hablar del papel de los medios de comunicación en la sociedad del segundo cuarto del S.XXI, de la desaparición de las clases medias tal como las conocíamos en el segundo tercio del S.XX, de la pérdida generalizada de poder adquisitivo, de la precarización de las condiciones de vida en capas cada vez más amplias de una sociedad para la que escribimos ¿A dónde se ha ido ese dinero, si los sueldos medios son más altos y el paro más bajo?. Eso, cabe la posibilidad, nos llevaría a hablar de la vivienda, del mercado laboral, de la disminución de la capacidad para irse de vacaciones, puede que también de qué supone el ejercicio profesional de la crítica gastronómica en 2026 y eso, en un sector, el de la escritura gastronómica, que en España ha estado con frecuencia vinculado al ámbito del ocio, no nos hace mucha gracia.

No nos hace gracia, aunque tal vez explicaría más cosas, más profundas y más interesantes que emperrarnos con un señor que come hamburguesa con la boca abierta, que muy mal, sí. Y muy desagradable, pero es que a mí, con esto, me pasa como con el cine gore: como no me gusta, cambio de canal y ya. Y la historia del cine, los festivales, los premios y la industria cinematográfica siguen aunque lo haga, al igual que sigue mi vida. Porque con frecuencia las cosas son tan relevantes como la importancia que les demos.

Quizás la transformación de los hábitos alimentarios tenga, también, algo que ver en esto ¿Qué fue primero, el influencer que come hamburguesas con la boca abierta, los festivales de hamburguesas, la expansión de las cadenas de comida rápida en España, los cocineros que firman hamburguesas de esas cadenas, los que abren sus locales de comida casual…? Recuerdo perfectamente, porque no hace tanto, cuando la prensa, la gastronómica y la otra, celebraba la apertura del primer McDonald’s de la ciudad de turno en una especie de Bienvenido, Mister Marshall de andar por casa. Y después, la del primer Starbucks y la del primer Five Guys.

Hablemos, que se supone que nuestro trabajo era ese, y no censurar a otros ¿Por qué la gente come tantas hamburguesas? ¿Comería tantas si pudiera acceder a otras cosas, si no se hubiera construído alrededor de otros formatos gastronómicos un aura que excluye, que aleja y que desvincula? Si el imaginario cultural estadounidense nos ha ido colocando esos iconos a golpe de cine, música y literatura ¿Qué hemos hecho nosotros para contrarrestarlo? ¿Cuál es la representación de nuestra gastronomía en el relato cultural contemporáneo? ¿Ha habido alguna política programada, algún plan; algo, un intento, aunque solamente fuera eso, al respecto, como sí los ha habido en países como Corea, con estupendos resultados? A ver si vamos a haber dejado esa cuestión en manos de otros y ahora nos quejamos de otros las tengan en sus manos.

¿Por qué a millones de personas les interesa más ver a alguien comerse una hamburguesa con la boca abierta que leer una columna el domingo en el periódico de su provincia sobre un restaurante al que probablemente no se puede permitir ir y que aparece descrito con palabras como arcangelical y referencias a un tal Brillat-Savarin que nadie les ha contado quién es? ¿Qué significa eso? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué podemos hacer al respecto, si es que podemos hacer algo? A mí, ese sí que me parece un debate interesante y urgente.

Los influencers -esos influencers- y la falta de análisis no son el problema. Son un síntoma. Son un significado al que no miramos mientras nos centramos en lo mal que lo hacen, desde nuestro punto de vista, y renunciamos a ir más allá.

Hay influencers, sí. Algunos muy malos. Otros, creo, bastante defendibles. Algunos de ellos con titulaciones y con una formación de la que muchos de los que escribimos torciendo el morro ante su presencia quizás carezcamos; con una capacidad de llegar a nichos de audiencia a los que la crítica convencional no llega -porque no llegó nunca- que ya nos gustaría. Hay periodistas, antropólogos, analistas culturales, cocineros, gente con grados en alimentación o en nutrición que hacen un trabajo importante de divulgación con una capacidad envidiable de arrastre. La brocha gorda no nos sirve esta vez.

Hemos renunciado, históricamente, a las capas más jóvenes de audiencia, así que se han construido otros canales, otros tonos y otros mensajes; el sector gastronómico que hemos considerado tradicionalmente noticiable ha subido precios de tal modo que cada vez es menor el porcentaje de la población que puede visitarlos asiduamente, con lo que ha surgido un cierto desapego. El restaurante al que yo, veinteañero con una beca equivalente al salario mínimo de entonces, podía ir de vez en cuando haciendo un esfuerzo, está hoy fuera del alcance de mi equivalente contemporáneo. A veces, incluso, del mío. Y eso redefine el terreno de juego, las relaciones y los apegos. Hablemos de eso y que, mientras, otros coman con la boca abierta si quieren.

Tal vez un sector, como el de la crítica, que cuenta con casi seis décadas de historia en España, debería mirarse a sí mismo y pensar qué ha pasado y qué ha hecho él para evitar que ocurriera de ese modo. O puede seguir refunfuñando porque un señor que no sé quién es se come un hot dog en un sitio que no le interesa y habla para nosequién que no es su público -porque ha renunciado a él- que así seguro que se soluciona todo.

Para mí, el problema es, sobre todo, de renuncia. Hace un cuarto de siglo, el sector de la escritura gastronómica en medios decidió renunciar a un formato nuevo. Lo hizo con ilustres -y muy notables- excepciones, desconfiando de esos recién llegados que escribían en internet, sin entender el formato y replicando en él, si acaso, formas anteriores que no tenían sentido allí; sumándose con retraso y sin convencimiento y criticando al todo por la parte.

No hace mucho, en una reunión sobre esta cuestión expuse mi postura: si de los que estamos en esta mesa soy yo, que tengo los 50 cumplidos, el más joven, tenemos un problema grande. No es sólo una cuestión de edad, pero es, también, una cuestión de edad, generacional, de capacidad para identificar los intereses de una franja de la población que supone ya más de la mitad de los lectores potenciales; de entender su punto de vista y compartirlo en lo posible, de no hablar desde arriba sino desde al lado, de dejar de decirles que lo hacen mal y tratar de entender qué hacen, por qué lo hacen, qué demonios significa eso y en qué lugar nos sitúa también a nosotros.

La vida sigue, mientras tanto. Siempre habrá buenos, malos y pésimos comunicadores, nuevos formatos y firmas de las que dentro de diez años no se acordará nadie, en unas plataformas y en otras, por escrito o en videos de Tik Tok. Habrá, también, al menos eso espero, un periodismo, un sector de gestión cultural, un ámbito de trabajo sociológico, científico y técnico que, por encima de ello, analicen e identifiquen causas, señalen líneas maestras y desentrañen el impacto de esas realidades, extendiendo ese conocimiento al conjunto de la sociedad, divulgando y trabajando para ampliar la base de usuarios informados y críticos. Y a su lado habrá alguien quejándose de que un chico ha dicho que un plato es brutal, una explosión de sabores en el paladar -¿Por qué hablan así, por cierto, de dónde lo han aprendido?- en un reel que desaparecerá mañana. Supongo que, en esto, cada uno tenemos que elegir cuál es nuestro bando.

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