Hay alimentos que terminan adquiriendo un significado especial cuando durante mucho tiempo intentamos evitarlos. Galletas, chocolate, patatas fritas o cualquier otro producto que se haya colocado mentalmente en la categoría de “prohibido” puede convertirse en una fuente de preocupación cada vez que aparece en casa. Para Julia Fernández-Renau, nutricionista especializada en conducta alimentaria, precisamente ahí puede estar parte del problema.
La especialista defiende que aprender a convivir con esos alimentos, en lugar de eliminarlos, puede ayudar a normalizar su presencia. En un fragmento de una entrevista en el podcast El sentido de la birra, Fernández-Renau explica que una de las claves está en dejar de tratar determinados productos como algo excepcional y permitir que formen parte del entorno cotidiano sin que eso implique necesariamente consumirlos de forma compulsiva.
La nutricionista recurre a un ejemplo sencillo para explicar esta relación con los alimentos prohibidos: “Es importante comprarlos, tenerlos en casa y normalizarlos de alguna forma”. Su afirmación parte de una situación cotidiana: “Tienes un frutero lleno de frutas y no por eso te comes cinco plátanos”.
Según Fernández-Renau, algo parecido debería suceder con otros alimentos que una persona considera prohibidos. El objetivo sería poder tenerlo disponible sin que su presencia genere automáticamente la necesidad de terminarlo entero: “No que veas un paquete de galletas y digas: ‘buah, me lo quiero terminar todo y no voy a dejar nada’”.
No todos los alimentos tienen por qué convertirse en una excepciónGetty ImagesLa especialista considera que llegar a ese punto supone poder convivir con ambas opciones con tranquilidad: “Puedo tener ambas cosas en casa y estoy tranquila”. De esta manera, habrá días en los que apetezca comer galletas y otros en los que no, sin que el alimento tenga que convertirse en una excepción.
Cuando lo prohibido se convierte en especial
Fernández-Renau propone fijarse precisamente en esa lista personal de alimentos que cada persona considera especiales. “Hay que indagar en todos esos alimentos que tenemos prohibidos y tenemos en un pedestal”, explica.
La razón es que mantenerlos alejados durante mucho tiempo puede contribuir a aumentar su importancia. “Cuando los tenemos prohibidos tanto tiempo, hacemos que cada vez sean más y más especiales”, apunta. Por eso, plantea un proceso de normalización progresiva: identificar esos alimentos, permitir que vuelvan a formar parte de la vida cotidiana y comprarlos cuando realmente apetezcan.

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La idea no consiste en obligarse a comerlos, sino en conseguir que su presencia deje de generar una sensación extraordinaria. “Hay días que comeré galletas y otros no”, resume la nutricionista.
Esta reflexión está relacionada con la de otros expertos que ya han hablado sobre la relación entre restricción y deseo. Gabriela Uriarte, nutricionista, ha explicado en una conversación para el podcast GastroSER de la Cadena SER que cuando un alimento se etiqueta como algo que “no se puede” comer, puede aumentar la atención que se le presta y el deseo de consumirlo.
Gabriela Uriarte, nutricionistaCadena SER / TikTokUriarte considera que el control estricto y la falta de control en la alimentación son dos aspectos de una misma cuestión: “Siempre que sentimos descontrol con algo, es porque ha habido un control previo”. Por eso, señala que las dietas demasiado restrictivas pueden ser un factor desencadenante de una relación poco saludable con la comida o de episodios de atracones.
Asimismo, para Fernández-Renau, la señal de que finalmente se ha producido esa normalización puede llegar cuando el alimento deja de ocupar espacio en nuestra mente. “El éxito es cuando se te olvida en la despensa”, afirma. “Ahí es cuando verdaderamente lo has normalizado”.

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La relación con la comida, por tanto, no depende únicamente de qué alimentos hay en casa, sino también del significado que se les atribuye. Convertir determinados productos en excepciones permanentes puede hacer que tengan una presencia mucho mayor de la que tendrían si formaran parte de un entorno alimentario normalizado.
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