Gastronomía

Pobres sí, miserables no

Pobres sí, miserables no
30/08/2026 06:00 15 15 0:000:000.5x0.8x1x1.2x1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

La frase que corona este artículo no es mía. El copyright pertenece a Carmen, la madre de Cristina Jolonch, mujer que solía ser generosa con las propinas y cuando alguien ponía ciertos reparos en obsequiar al camarero con un pequeño aguinaldo, solía recriminar su actitud con un contundente “pobres sí, miserables no”.

Yo soy del sector de Carmen. Suelo dejar propinas con dos excepciones: cuando el camarero es el dueño del local y cuando el camarero ha resultado ser un imbécil. Estas dos excepciones las llevo a rajatabla, pero incluso cuando la comida o lo servido han resultado ser un fiasco, suelo dejar propina con la seguridad de que esa pequeña compensación enmendará un poco un sueldo que, en la mayoría de los casos, convierte al camarero en uno más de los millones de mileuristas que sobreviven como pueden en un en un país con los precios al alcance de los tresmileuristas. Y lo sé. Si la palabra mileurista está admitida por la RAE, tresmileurista aún no forma parte del diccionario oficial.

A principios de agosto he tenido la suerte de visitar Toronto, Quebec y Montreal, y he podido comprobar como los canadienses han adoptado el sistema de propinas de los estadounidenses. Y lo digo con la esperanza de que no se entere Donald Trump, tan poco amigo de los canadienses y a los que considera más siervos que vecinos.

Cuando viajas a Canadá, tienes que pensar que, al dinero presupuestado para comidas, tendrás que añadir un 15%, como mínimo, destinado a propinas. Claro que puedes no dejar nada por la razón que sea, pero los camareros suelen ser lo suficiente simpáticos para que no tengas escapatoria. “Pobre sí, pero miserable no”, como diría Carmen. Y en tu mano está decidir si dejas lo mínimo, un 15%, lo máximo, un 20%, o si te decides por un 18%, cifra con la que el camarero te mirará también como si fueras de su familia putativa.

Camarero revisando la propinaCamarero revisando la propinaGetty Images

La diferencia entre España y Canadá estriba en que en la península los trabajadores de la hostelería cuentan con un salario base regulado por convenios colectivos. En Canadá, el sueldo de los camareros depende, generalmente, de la propina dejada por los clientes.

En España, la desaparición paulatina del uso de moneda y la implantación gradual del pago con tarjeta o teléfono, ha beneficiado al mísero. Se calcula que en nuestro país un 15% de la población nunca deja propina; un 25% lo hace de manera habitual; y el resto suele dejarla ocasionalmente. Lo que nos diferencia de un país como Canadá, es que en España las propinas más generosas nunca superan el diez por ciento y a lo que se tiende es a redondear la cantidad, incluso, si el local permite dejar propinas mediante el pago electrónico.

Los que nunca dejan propina suelen justificar su actitud poniéndose como ejemplo. Si en su trabajo cobran un salario y no reciben propinas, no hay razón alguna por la que tengan que regalar un extra a un camarero que ya tiene un sueldo mensual. Su razonamiento tiene cierta lógica, pero vivimos en una sociedad supeditada a ciertas convenciones sociales y dar propina a los camareros es una de ellas. También debería ser obligatorio que los camareros fueran agradables y no estar sujetos, como en Canadá, a ser amables -que nos serviciales- a cambio de un extra. Cabe recordar que a disposición de los clientes existe la hoja de reclamaciones, pero parece que nos da cierta pereza entrar en conflicto con el personal y un dueño a la defensiva.

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Cuando era joven viví un año en Nueva York y en mi primera visita a un Dive Bar recibí la queja de la camarera cuando comprobó que le había dejado un 10% de propina. “¿Es que no le ha gustado la comida?”, me preguntó con la misma amabilidad encomiable con la que me había servido. Me sentí tan avergonzado, que añadí un 5% más y desde aquel día fui un cliente modélico. Eran las normas del país y como ciudadano recién llegado, me tuve que adaptar.

En España, por el contrario, las normas se las impone uno mismo. Pero como decía Carmen, la madre de Cristina Jolonch, “pobres sí, pero miserables no” y que cada palo aguante su vela.

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