Quiero y no puedo
Podría haber estado en cualquier calle de la ciudad, pero el restaurante se encontraba justo en el límite. Allá arriba, decía siempre mi padre cuando éramos pequeños —apuntaba con el dedo a los chalés con jardín, piscina, grandes paseos, zonas verdes, varios grados menos en verano y servicio doméstico—; sí, allá arriba viven los inmortales, el resto vivimos aquí abajo, en el tostaero, a los pies de la sierra. ¿Por qué elegimos ir allí? No lo recuerdo. Sí sé que queríamos celebrar, hacía tiempo que no nos juntábamos los cinco: un aniversario, un comienzo por venir, los trabajos bien hechos, las pequeñas vidas encauzadas por ahora. Delante un descampado, un solar quizás hambriento de nuevas promociones para aquellos que quieren acercarse a ese cielo bien avenido. Yo había pasado poco por ese barrio, varios desvíos por culpa del trabajo, una sola excursión al centro comercial hoy alicaído con un primer sueldo y algunas consultas a un dermatólogo que no entraba en la Seguridad Social. Ya en la sala de espera dejaba de mirar a mi hermano. Desde pequeño se le daba muy bien imitar a cualquiera que conociese y aprendía gestos, maneras de decir, palabrerías que en casa nos resultaban extrañas. Nosotros solo pertenecíamos a ese mundo con setos cuidados con esmero y fuentes siempre con agua el rato que duraba la consulta. Al salir, el hechizo se rompía, y él se convertía en el médico: llorábamos de risa por cómo pronunciaba todas las sílabas, de qué manera elegía y decidía acabar una a una todas las palabras.
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