Durante décadas, la verdejo fue en Rueda mucho más que una variedad que proporcionaba un estilo de vino… ¡Y muy reconocible! Y es que, en torno a ella, se construyó toda una marca. Una identidad sustentada en un modelo de vino joven, aromático y fácil de beber, pensado para consumir en barra, que funcionó como embajador de este territorio.
Pero la propia denominación reconoce ahora que poner tanto el foco en la verdejo tuvo un efecto secundario: “Pecamos un poco de promocionar la variedad en vez de la zona”, admite Carlos Yllera, presidente de la DO Rueda. El resultado fue que ese verdejito fresco terminó ocupando buena parte del discurso, eclipsando otras expresiones.
Eso contribuyó a construir una imagen demasiado constreñida de una denominación con mucha más diversidad y bastante potencial, y a alimentar, de paso, más de un estereotipo. Lo comentaba precisamente la enóloga Sara Bañuelos hace unos meses a La Vanguardia: “Hubo un ansia de éxito que catapultó a los vinos de verdejo, pero también les dejó un estigma difícil de romper”.

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Ahora, uno de los blancos más populares de España intenta demostrar que detrás de ese éxito hay mucho más donde elegir: vinos de pueblo que reivindican el origen, grandes vinos procedentes de viñedos viejos y bajo rendimiento, crianzas bajo velo, dorados y pálidos que recuperan estilos tradicionales, vinos criados en damajuanas, variedades que se incorporan al repertorio y también verdejos, pero que demuestran —ahora sí que sí— que son capaces de envejecer durante años.
Esa diversidad está consiguiendo que la DO empiece a construir un nuevo relato a partir de una expresión que resume a la perfección el buen momento que atraviesa: “por primera vez”. Tan solo un par de ejemplos bastan; hace apenas unos meses, De Alberto VORR fue el primer vino de Rueda en alcanzar los 100 puntos en el informe Tim Atkin Rueda Top100 2026. Y coincidiendo con ello, la denominación hizo su debut en Wine Paris, una de las grandes citas mundiales del vino.
Hace apenas unos meses, De Alberto VORR fue el primer vino de Rueda en alcanzar los 100 puntos en el informe Tim Atkin
Aunque, eso sí, sería injusto contar el presente de Rueda como un borrón y cuenta nueva. Aquel modelo del verdejito funcionó, sigue funcionando —y mucho— y seguirá haciéndolo, claro. Además, ese volumen de negocio que genera ha permitido profesionalizar el sector y sostiene a muchos viticultores de la zona.
Incluso el sambenito de “vinos de supermercado” –como en algunas ocasiones se les ha denominado– tiene sus defensores entre quienes han trabajado y siguen trabajando dentro de la denominación. “Los grandes volúmenes de Rueda están muy bien hechos. No hay vinos malos. El 99% está bueno”, sostiene Javier Rodríguez, de Bodegas Rodríguez y Sanzo y presidente de la Ruta del Vino de Rueda. La matización, eso sí, llega inmediatamente después: “Otra cosa es que les falte alma”.
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Javier Rodríguez, natural de Nava del Rey —localidad situada a tan solo 14 km de Rueda—, regresó a tierras vallisoletanas en 2003 para poner en marcha su propio proyecto vitivinícola, después de estudiar Enología y dirigir una gran cooperativa en La Rioja. “Cuando llegué, todos los vinos eran muy semejantes y, si te salías de ese perfil, te descalificaban. De hecho, empecé elaborando bajo la denominación Tierra de Castilla y León, porque mi estilo no se admitía en la de Rueda”, precisa.
Pero quiso demostrar que “un verdejo se podía consumir mucho más tarde” de lo habitual, porque consideraba que “si lo quieres vender antes, tienes que maltratar la variedad para domesticarla, y pierdes todo su potencial de crecimiento”. Una apuesta poco habitual entonces en este territorio, donde resultaba difícil entender que se ofreciera, meses después, un vino de la añada anterior. “Preguntaban: ¿Cómo me ofreces un vino de mayo del año pasado?”. La respuesta del bodeguero era simple: “Te lo ofrezco simplemente cuando está”.
En Rueda nunca ha hecho falta exportar, pero yo lo necesitaba porque era pequeño y elaboraba vinos raros
La dificultad para explicar este tipo de elaboraciones hizo que, desde el primer momento, el mercado de esta bodega estuviera fuera de España. “En Rueda, nunca ha hecho falta exportar. Pero yo sí lo necesitaba, porque era pequeño y elaboraba vinos raros”. Hoy, ese mercado exterior representa el 80 % de su producción, y el bodeguero señala: “En España todavía sigue siendo difícil vender un verdejo al público a 20 euros, porque hay mucho que explicar”.
No es el único estereotipo que Rodríguez y Sanzo están desmontando. También aquí han recuperado elaboraciones poco habituales en la zona, como la crianza bajo velo, que recuerdan a los generosos andaluces: “Las primeras levaduras que traje para hacer el velo eran de Jerez, de Bodegas Lustau”. Y explora también el trabajo con tinajas, con las que busca “potenciar la microoxigenación, esa sensación más de terruño”. Sí, Rodríguez reconoce que “ya se ha empezado en Rueda a dar importancia al suelo, a otras formas de elaboración y a la calidad”. Aunque también advierte: “Hay mucho que hacer todavía, porque solo se ha hecho lo fácil”.

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Lo curioso es que la elaboración de generosos en Rueda no es una iniciativa novedosa, sino que fue el origen histórico de la propia región. Eso sí, aquí se denominan dorados y pálidos, “una forma muy castellana y básica de llamarlos debido al color del vino”, como explica Santiago Mora, director general de la DO Rueda, “La diferencia es que en el caso del pálido es crianza biológica y, en el del dorado, oxidativa”, precisa. Mora recuerda que estas elaboraciones datan de la época de los Reyes Católicos, “la época dorada de los vinos de Rueda”, dice, en la que eran los vinos que se consumían en la corte y viajaban por medio mundo.
Recuperar ese método es, sin duda, una de las vías de futuro. Aunque hoy en día todavía son una rareza: apenas cuatro bodegas elaboran dorados y solo una mantiene viva la elaboración de pálidos. Se trata de la bodega De Alberto, en Serrada (Valladolid), cuya historia se remonta a 1657, cuando los dominicos fundaron aquí la casa de labranza que ahora acoge la bodega. Siglos después, en 1939, Alberto Gutiérrez, bisabuelo de la actual generación, puso las bases de la actual empresa familiar. Primero, como comerciante de vinos y, más tarde, como elaborador.
Una botella de De Alberto entre damajuanas. CedidaEn esta bodega tradicional, los generosos tuvieron siempre un peso importante: “Dentro de los blancos, la parte de generosos era importantísima; casi el vino joven era residual, era el vino base para hacer todos los demás”, comenta Carmen San Martín, CEO y directora general de Bodegas De Alberto.
Hoy, el panorama es muy distinto: el verdejo representa la mayor parte de la producción y los generosos apenas tienen peso en volumen; aunque “los últimos diez, quince años estamos reduciéndonos en volumen para crecer en valor”, explica San Martín. De hecho, De Alberto VORR no fue el único generoso de la bodega que destacó en el informe mencionado. También De Alberto Dorado y De Alberto Pálido obtuvieron 97 puntos, y De Alberto Dorado Dulce, 94 puntos.
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La responsable de la bodega recuerda de qué forma aquellos métodos tradicionales de elaboración siguen vivos. Y alude a los tiempos en los que en el viñedo convivían viura, palomino fino y verdejo, pero era esta última la que mejor respondía al proceso.
Hoy los generosos se elaboran exclusivamente con verdejo y pasan por las damajuanas (aquí llegaron a tener un “parque” de 100.000; hoy quedan unas 10.000), expuestas al sol, antes de llegar a las presoleras y las soleras, donde desarrollan buena parte de su complejidad. Eso sí, conservar este patrimonio no siempre ha sido fácil. Un antiguo gerente llegó a romper damajuanas para ganar espacio en la bodega. “El día que rompió las damajuanas, fue el día que firmó su despido”, recuerda. “Nunca entendió esta casa”.
Una DO tiene que adaptarse a lo que hacen sus socios y no imponerles todo lo que tienen que hacer
Todavía queda mucho por hacer en torno a la verdejo, por supuesto. Y Carmen San Martín lo tiene claro: “Con la verdejo se pueden hacer tantas cosas que nosotros tenemos muchas cosas todavía por explorar”. En De Alberto ya han empezado a estudiar nuevas elaboraciones, como los espumosos y vinos con menor graduación. Una búsqueda que, aseguran, conecta con los cambios en los hábitos de consumo. Aunque San Martín va más allá y defiende que la denominación de origen debería dar cabida también a una gama de frizzantes.
Una posibilidad que encaja con la evolución de una DO que, como explica Santiago Mora, ha ido ampliando el margen para que sus bodegas exploren distintas interpretaciones y elaboraciones: “La denominación de origen tiene que adaptarse a lo que hacen sus socios y no imponerles todo lo que tienen que hacer. Lo que tenemos que hacer es poner unos mínimos de reglamentación y, a partir de ahí, dar herramientas a las bodegas para que puedan diferenciarse”.
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